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ESPACIO PARA LA ESPERANZA

Asombra y avergüenza la virulencia de los epítetos, los infundados ataques a la institucionalidad y las campañas de desinformación en las redes sociales, de cara a los comicios del próximo domingo. Las realidades objetivas están siendo superadas por el afán electorero, dejando los intereses del país en un tercer plano. En contrapelo, no me cabe duda de que deberíamos estar concentrados en los problemas actuales del país, sus posibles soluciones y el candidato cuyos programa, antecedentes y equipo hagan más probable hacerlo realidad. Uno de esos aspectos es, sin duda, la importancia y beneficio de superar el largo conflicto armado que nos ha flagelado por más de medio siglo y sobre lo cual logramos avanzar un buen trecho, aunque parece que para buena parte de la población nacional ello no resulta prioritario, o al menos no factor incidente para sopesar los merecimientos de los diferentes candidatos. Opinaba hace cuatro años, en la columna que titule “Política, poder y liderazgo”, que para la lograr la paz debemos merecerla y que aún no hemos encontrado el crisol que nos dignifique como sociedad. Mantengo mi opinión al respecto.

Recuerdo el año 2006 cuando fui invitado por la Fundación para el Progreso de la Humanidad, FPH, a visitar sitios de Europa donde se desarrollaron batallas de las dos guerras mundiales y otras contiendas recurrentes durante siglos. Dentro de los lugares que llamaron especialmente mi atención y que influyen en mi línea de pensamiento, están los cementerios militares de Alsacia y Lorena y los relatos sobre la historia militar de estas provincias. Allí pudimos observar, tanto en cementerios franceses como alemanes, las lápidas con nombres de militares muertos en combate, cuyos apellidos indistintamente procedían de las dos regiones. Soldados de sangre francesa defendiendo intereses alemanes y viceversa. El mensaje de nuestros anfitriones y guías (entre ellos los generales franceses Patrice Monpeyssin y Jean-René Bachelet, hijo de un general héroe de la Segunda Guerra Mundial, y el Mayor de Alemania Manfred Rosemberger, entre otros), dejó clara la percepción que hoy tienen esos países sobre el absurdo de una contienda que ahora se mira como fratricida y el propósito nacional de nunca más reincidir en ese error.

Esta experiencia me lleva a pensar en generaciones venideras que miren en retrospectiva la realidad actual de nuestro país y cómo fuimos capaces de superar positivamente nuestros conflictos violentos, como esos militares europeos que orgullosamente construyen su historia. Para ello necesitaron varias guerras de mayor impacto y atrocidad que nuestro conflicto. ¿Cuánto más sufrimiento y desgracias debemos padecer para adquirir la racionalidad necesaria y construir una vida más civilizada?

Si me revisto de optimismo y esperanza, me consuelan los avances hacia la unión nacional logrados por Virgilio Barco con el M-19, el EPL, el Quintín Lame y el PRT; por César Gaviria con la Corriente de Renovación Socialista; por Álvaro Uribe con las AUC; y por el actual gobierno con las Farc. Avanzar en el cumplimiento de los acuerdos, concretar un diálogo productivo con el Eln y lograr el sometimiento de las bacrim, deben ser un propósito nacional, liderado por el próximo gobierno, y no, como algunos pudieran pensar, un perfecto imposible.

El domingo la sociedad colombiana dará un importante paso, ojalá en dirección correcta hacia la construcción de futuro. La mejor opción es hacer de ese día un punto de quiebre e iniciar una etapa de reconciliación para hacer de nuestro territorio un espacio de entendimiento y no cementerio de esperanzas.

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