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En el Caguán, el día que llegaron los libros se fueron las armas de las Farc

Un excombatiente mira con nostalgia y desconcierto cómo se llevan el armamento del punto transitorio donde se encuentra agrupado para la reinserción a la vida civil, y lanza un grito que retumba en los cajones del río Pato: “No es casualidad que el día en que llegan los libros se van las armas”. Se reafirma que los libros cambian los devenires de los sujetos y de la historia violencia en Colombia.

 

“He descubierto que tras subir una montaña,

solo encontramos más cumbres que escalar” – Nelson Mandela

Cuenta la leyenda… que veinte bibliotecas rurales llegaron a los lugares más inverosímiles de la “Colombia profunda” e iniciaron procesos de lectura, escritura, reconciliación y convivencia con las comunidades campesinas y con los excombatientes de las FARC. Veinte bibliotecarios, plurales en sus prácticas, pero con un mismo espíritu de libertad para transformar las realidades del conflicto armado, se dispusieron durante el año 2017, a recorrer los parajes más abruptos de la geografía de nuestro país, para desarrollar el proyecto de bibliotecas por la paz del Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional.

De estos parajes de la ruralidad colombiana, San Vicente del Caguán, fue escenario de los encuentros y desencuentros a partir de los libros que se produjeron en las comunidades que vivieron el conflicto armado, y desde dentro de las zonas veredales transitorias de normalización de las FARC, en el primer año de implementación de los acuerdos de paz. Un reto que al tiempo despertaba los temores más comunes al pensar vivir en la periferia de Colombia, y animaba a los bibliotecarios por ser los pioneros de esta tarea titánica de saldar parte de las deudas históricas con el campesinado de nuestro país. Y es así como empezó esta aventura de libros, campesinos, escrituras, bibliotecarios, esperanzas, excombatientes, paz y reconciliación.

Cuando la biblioteca de la paz atravesó media Colombia para llegar a los paisajes montañosos de la cordillera caqueteña, encontró obstáculos propios de las desconfianzas nacidas de la no escucha ni diálogo directo con aquellos que piensan distinto. La biblioteca de la paz, frente a las instancias municipales del Caguán, a pesar del inminente contagio con los estigmas propios del departamento, de la región y de la política, sale victoriosa y encuentra el respaldo local, que la llevó a proyectar su camino hacia la ruralidad. Es así como se descubre que los libros cambian los prejuicios políticos locales sobre las regiones que han vivido la realidad de la guerra.

Cuando se llega a una vereda, Las Morras, y lo primero que se encuentra es una caseta comunal destinada para albergar la biblioteca, y que la población campesina con el mayor de los entusiasmos ha decidido que su territorio se transforme, que allí donde se debía ir a responder al llamado y a pagar la vacuna a los grupos alzados en armas, ahora se va a leer y a construir relaciones de aprendizaje colectivo, de ruptura de los silencios milenarios y de reconstrucción de la memoria histórica, la biblioteca se constituye en ese “espacio de encuentro, lugar de todos”. De esta manera se comprende que los libros cambian los imaginarios de los territorios afectados por el conflicto armado.

Cuando Robinson, un joven campesino -nieto de un amnistiado guerrillero de los años cincuenta, y colono de la región del Pato; hijo de un desplazado de la marcha de la muerte de finales de los sesenta y de una madre que espera día a día que llegue su hermano, desparecido en la guerra- opta por ser bibliotecario de la paz, y decide cargar a sus espaldas la maleta viajera llena de libros, e inicia junto con su comunidad, a abrir senderos de paz en su vereda, trayectos que por miedo a las minas antipersona fueron cerrados desde hace años. Robinson que con su voz entrecortada argumenta “La paz tiene que empezar desde los corazones de cada uno, sin importar las diferencias”, uno entiende que los libros cambian la historia de las generaciones en Colombia.

Cuando un guerrillero, decide entrar al proceso de paz, y adopta el reto de reconstruir su vida a través del servicio bibliotecario, al tiempo que busca incansablemente alternativas a la guerra y plasma su proyecto de vida elaborando un acróstico con su alias, en un taller de escritos creativos:

Kevin me hice llamar desde que entré en el partido comunista.

Empecé a luchar por lograr un país en paz.

Volví para reintegrarme a la vida civil e

Iniciar una vida nueva trabajando en la ciudad.

Nunca más volveré a la guerra”.

Y ese mismo excombatiente, mira con nostalgia y desconcierto cómo se llevan el armamento del punto transitorio donde se encuentra agrupado para la reinserción a la vida civil, y lanza un grito que retumba en los cajones del río pato: “No es casualidad que el día en que llegan los libros se van las armas”. Se reafirma que los libros cambian los devenires de los sujetos y de la historia violencia en Colombia.

Cuando el grupo de amigos de la biblioteca de Las Morras, conformado por maestros, campesinos, mujeres líderes, la junta de acción veredal, adolescentes y niños de la vereda, se reúne para planear las acciones de la biblioteca y celebrar su primer año de servicios públicos de préstamo de libros; todos, junto al fogón comparten lecturas, sueños, esperanzas de paz y reconciliación para su territorio. Cuando este mismo grupo se empodera del futuro de la biblioteca y emprende acciones de permanencia, proyección e impacto en la zona de reserva campesina, se puede concluir que los libros cambian las cotidianidades de las comunidades y su empoderamiento regional.

Cuando un bibliotecario de la paz, con su maleta viajera, se enfrenta a un público armado hasta los dientes, lleno de desconfianzas sobre la implementación del proceso de paz, y entabla un diálogo por medio de la narrativa, la lectura y el cuento, y empieza a transformar los espacios destinados a la guerra en espacios de lectura y escritos creativos, abriendo caminos para que los libros transformen los tiempos de combates por espacios de alfabetización y construcción de ciudadanía entre los excombatientes, uno alcanza a vislumbrar el poder del texto escrito, y que los libros cambian las expectativas y realidades de quienes se decidieron por la palabra y no por las armas.

En fin, cuando se es bibliotecario de la paz, y se sabe que otros compañeros viajan por las zonas rurales de Colombia en búsqueda de procesos de reconciliación y de diálogo, uno descubre que los libros han cambiado nuestras vidas para siempre, y que no volveremos a ser los mismos, pues nuestras fuerzas, vidas, sueños y esperanzas estarán ligadas para siempre con estos lugares sacros… nuestras amadas bibliotecas.

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